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marlena
BIOGRAFÍA

Marlena de Blasi ha escrito tres memorias previas: A Thousand Days in Venice, A Thousand Days in Tuscany y The Lady in the Palazzo, además de dos libros sobre cocina italiana. Ha trabajado como chef y como asesora sobre cocina y vinos.

 

Actualmente reside con su marido Fernando en Orvieto, un precioso pueblo de Italia.

 

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CARTA DE LA AUTORA

12 Maggio, 2009
Orvieto

 

Estimado lector:

 

Cuando hago giras por Estados Unidos o por cualquiera de los catorce países en los que se editan mis novelas, todos los públicos me resultan familiares porque las cosas que me cuentan y las preguntas que me hacen son prácticamente las mismas. También ocurre lo mismo con la gente que me escribe y con los que llaman a nuestra puerta o les preguntan a nuestros vecinos cuándo solemos dar nuestro paseo matinal o sentarnos en nuestro bar favorito para tomar el aperitivo... Australianos, japoneses, brasileños, polacos, alemanes, israelís... Jóvenes madres con bebés en los brazos, hombres y mujeres mayores, y otros que tienen aún más edad... Independientemente de quiénes sean y de dónde vengan, todos quieren hablar de amor. Les gusta contarme que mis historias son las suyas propias. O que les gustaría que lo fueran. Me dicen que cuando leen mis libros, se sienten como si yo se los hubiera escrito sólo para ellos. Única y exclusivamente a ellos. A medida que estoy escribiendo esta carta, siento deseos de contaros una anécdota sobre un grupo de 43 mujeres mayores holandesas —digamos que la mayoría de ellas superaban los sesenta—que, después de preguntar por Fernando y por mi y por cómo encontrarnos en Italia, esperaron junto a nuestra puerta una mañana del mes pasado. Todas tenían algún libro en la mano y ¡algunas de ellas tenían todos mis libros en bolsos que llevaban colgados en bandolera! Su portavoz —primero en un italiano malísimo y luego en un inglés perfecto— nos dijo que todas ellas eran pintoras (rápidamente, explicó que no eran un grupo de señoras que se dedicaban a pintar, sino artistas profesionales que se habían pasado y ganado la vida pintando porque era su pasión) y que acababan de llegar desde el aeropuerto de Roma porque iban a la Toscana a pintar durante unas semanas. Habían acordado con el conductor de su autobús que hiciera una parada en Orvieto. Cuando ya se estaban marchando, después de que les firmara las copias de sus libros, de recibir toda clase de exclamaciones de admiración por Fernando y de que me hicieran emotivos comentarios sobre mi obra, la misma portavoz dijo: «Las demás quieren que te diga una cosa, Marlena. Quieren que sepas que todas queremos pintar como tú escribes.»

 

Por supuesto, el discurso de la gente toma muchas formas diferentes… Algunos quieren saber sobre mis protagonistas: hablan de Barlozzo como si fuera un familiar muy querido, quieren que les indiquemos el camino para ir a la pequeña casa de Miranda sobre las colinas que rodean el pueblo, quieren llevarle flores a la tumba de Floriana, quieren saber qué hacen Tilde, Tosca y Neddo... Son como niños a los que les ha apasionado un cuento y que quieren, de algún modo, introducirse en él, vivirlo... Aunque sea sólo durante un momento. Quieren mirar a mi marido y ver si sus ojos son realmente del color de los arándanos, quieren preguntarle como «supo» lo que asegura que supo cuando me vio caminando por la plaza de San Marcos una noche y después volvió a verme en el pequeño bar de vinos en el que finalmente nos conocimos. Quieren escuchar nuestra historia de boca del propio Fernando. Quieren creer en un romance tan improbable e inesperado como el nuestro, casi tanto como saber cómo hemos experimentado ese amor durante los últimos quince años. Con frecuencia, comentan que sus vidas —incluso de la forma más infinitesimal— se han visto enriquecidas. Una de las cosas que la gente me dice y que me conmueve mucho es que se leen pasajes unos a otros: parejas que se sientan junto al fuego o en la cama antes de dormir, amigos que se están ayudando mutuamente a superar una crisis, enfermeras que les leen a sus pacientes, la lista es larga.

 

Me dedico a contar historias en un momento y en un mundo en el que la gente desea «escuchar». Me siento muy emocionada porque MR ediciones vaya a publicar mi libro. Que me traduzcan al español. Con frecuencia, la gente piensa que soy española, no sólo por mi aspecto, sino por mi carácter. Siento una afinidad especial por vuestro idioma, por vuestra historia, por vuestra forma de ser. Si es cierto que nuestra felicidad depende de comprender a los demás y que éstos nos comprendan, que publiquéis este primer libro mío es una especie vuelta a casa. Espero sinceramente que sea así. En numerosas ocasiones me han preguntado como llegué a escribir Un verano en Sicilia. Supongo que la verdad es que estuve escribiendo narrativa —la mayor parte mentalmente— desde aquellas tres semanas que pasamos con Tosca en la Villa Donnafugata. Pero de alguna manera, no quería publicarlo, sino guardarlo para ella, para nosotros. Pero fue ella, Tosca, la que me dijo que debía compartirlo. Por supuesto, tenía razón. Me encanta el libro porque es una historia que no tiene final, una historia que, de un modo u otro, se ha estado repitiendo desde que Sicilia existe.

 

vi abbraccio,
Marlena

 

Cuando Sicilia sedujo a Marlena

 

Antigua y misteriosa, Sicilia ha sido codiciada, conquistada, marcada y abandonada por casi todas las razas de seres humanos. Las lustrosas huellas de los griegos, los espléndidos epitafios de los reyes normandos: es la eterna Arabia... Procaz, generosa, llena de color y calor y, a menudo, de un silencio aplastante. Desde el límpido pueblo de perfumado ambiente de Erice, donde antaño jugaban los dioses (y donde aún juegan, como probablemente se lo asegurará alguna viejecilla de ojos azules en una de sus callejuelas) hasta los sublimes palacios y las callejas árabes de Palermo, pasando por las piedras megalíticas y las cuevas marinas de sus islas, Sicilia, igual que un amante, cautiva, atrae, emociona y traiciona. Y en ningún lugar tanto como en las altas montañas de su interior.

 

Con diferencia, ésta es la parte menos visitada de Sicilia. Las montañas del interior pueden resultar distantes y sin senderos, pero, para aquéllos moderadamente aventureros, la recompensa puede llegar a ser realmente extraordinaria. Las cigüeñas y los lobos conviven en las cobrizas mesetas de las montañas de Madonie, que contemplan los interminables campos cubiertos de trigo bruñido y las praderas que se expanden y repentinamente se hunden en grietas, como si buscaran refugio al sol abrasador. Aunque es una zona cubierta de bosques por encima de los 1.500 metros y es mejor explorarla con la ayuda de los guías locales, hay cerca de quince pequeñas aldeas colgadas de las laderas de las montañas —Petralia Soprana, Petralia Sottana, Polizzi Generosa, Sciafani Bagni, Caltavuturo, Lascari y San Mauro Castelverde, entre otras— donde perdura el cultivo milenario de viñas, olivos y trigo. A pesar de que los restaurantes locales normalmente están bien y siempre sirven generosas raciones, cuando podemos, nos sentamos en la falda de cualquier montaña, donde pastan las ovejas, a la sombra de algún grupo de pinos de Alepo llorones con una botella de Nero d’Avola, un buen pedazo de pan de sémola y otro de cremoso pecorino fresco. Los tiempos pasados nunca están muy lejanos en esta parte de Sicilia. A menos que, por supuesto, ustedes prefieran el presente.

 

Han pasado casi quince años desde que comencé a viajar al interior de la isla y, en muchos aspectos, como era entonces no siempre tiene que ver con lo que es ahora. Entre otras cosas, ahora se ven exuberantes villas de alquiler, elegantes centros turísticos, hostales con alojamiento y desayuno totalmente preparados para recibir a ciclistas de montaña, excursionistas y jinetes de Arkansas. Y aún así, logramos salirnos del camino más transitado y hacer el nuestro propio. Para encontrar los pastos de las ovejas, los pinos de Alepo y el delicioso vino tinto de Avola. Entonces, ¿dónde está la traición? En que uno desea quedarse allí. Que la otra vida espera.

 

¿Les revelaré dónde encontrar la Villa Donnafugata de Un verano en Sicilia? No, jamás lo haré.

 

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